En la prehistoria ya existía un
canon de belleza para las mujeres, los hombres escogían a las mujeres que
tuvieran los órganos reproductores, como los senos, vientre y caderas muy
marcados; se puede observar en muestras escultóricas que han pervivido hasta
estos tiempos, en los cuáles las figuras de mujeres tienen el cuerpo de esta
forma. En cambio, para los antiguos egipcios, la belleza consistía en el que el
cuerpo debía estar armónicamente proporcionado; la mujer debía ser delgada, con
pechos pequeños y caderas anchas. Algo que era más importante que el físico,
era la higiene corporal, por lo que las mujeres se bañaban varias veces al día,
junto con un ritual de belleza antes, durante y después del baño.
Para la antigua Grecia, la
belleza de la mujer tenía que ser simétrica para que fuera más llamativa, la
belleza se infería como el resultado de cálculos matemáticos y medidas
proporcionadas. En la antigüedad clásica la belleza constituía una cualidad que
hacía que algo nos pareciese bello, a la cuál se le llamó armonía. En general,
la belleza se percibía desde un punto de vista objetivo. Esta percepción de la
belleza se siguió manteniendo en la Edad Media. Como consecuencia del auge del
cristianismo de esa época, la belleza dependía de la intervención de Dios. De
modo que, si se consideraba bello algo, es porque había sido una creación
divina. Las mujeres medievales para ser atractivas tenían que tener piel
blanca, lo que representaba pureza, ojos, nariz y labios pequeños, caderas
estrechas y senos pequeños. Con el paso del tiempo llegó otra nueva etapa en la
historia en el trayecto de la belleza. Estamos hablando del Renacimiento, en
donde las mujeres eran más bellas si tenían el cuerpo muy fino y delicado, pero
el estómago más redondo, ya que eso representaba que tenían “poder económico”,
ya que, si su abdomen era grande, significaba que podían comer mucho, por tener
riqueza.
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